miércoles, 19 de noviembre de 2014

Desde mi ermita: la magia del silencio

Una preciosa vista desde dentro de la casa.

Todavía me dura el buen sabor de mis días de silencio en Barnezabal, por lo que puedo decir que la experiencia cunde mucho. No fueron días de riguroso silencio, pero casi. A ser yo misma la organizadora y participante me veía obligada a consultar los temas relacionados con el menú, los servicios de la casa etc. Salvo eso y mi conversación de veinte minutos con la monja Begoña sobre su planificación diaria, el silencio sólo se vio interrumpido por algunos momentos de lectura para meditar sobre ellas y alimentar el espíritu. Lecturas bíblicas.

El silencio es el principal (único, diría) medio que tenemos a nuestro alcance para profundizar en nosotras mismas y alcanzar las fuentes de nuestro ser. Ese lugar donde residen la sabiduría y la paz (para mí, ambas se dan la mano).

No se trata siempre de un viaje de placer. Muchas veces es accidentado, como la vida misma. Depende de cómo nos encontremos. Todas sabemos que el silencio agiganta los fantasmas. Por eso huimos de él cuando estamos perturbadas. Pero, siempre, siempre, tras atravesar montes y valles bajo tormentas de nieve, granizo y frío, llega la calma.

¡Y qué calma! Nos queda esa paz que resulta de ‘sobrevolar’ nuestras diarias contingencias procurando no quedarnos mirando el dedo que señala la luna ("Cuando el sabio señala la luna, el necio se queda mirando el dedo", dice la sabiduría oriental)

El viaje al ser, entonces, es un descenso a través del silencio, y cualquier interrupción supone un retroceso. De ahí que haya que sopesar bastante si merece la pena someternos a algún tipo de ruido en un retiro. Por otro lado, el silencio convierte nuestro espíritu (o nuestro inconsciente) en una tierra más fértil para la buena semilla, por lo que merece la pena aprovechar esos días para hacer una buena siembra de pensamientos nutritivos. Todo esto, y mucho más, convierten la experiencia del silencio en algo incomparable.   

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