miércoles, 17 de diciembre de 2014

Luces y sombras en la meditación

Camino de acceso a la ermita de 'Barnezabal' y bosque adyacente.



Acabo de llegar de la última reunión de nuestro grupo de meditadoras y ¡qué buen sabor me queda siempre tras escucharos hablar de vuestras experiencias! No sé si estaréis de acuerdo conmigo en que ese placer aumenta con las horas.

Comparto los pensamientos que me han quedado esta vez. Se refieren al deseo que tenemos de vivir experiencias placenteras en la meditación. Y cómo esto se acentúa cuando se nos aparece algo especialmente gozoso o llamativo como levedad, paz, luces...

He explicado que podemos llegar a sentir eso y mucho más con una potencia sísmica, como si nos saliéramos de nuestra mediocridad para ser trasladadas al séptimo cielo, algo indescriptible. Pero que, como toda sensación, antes o después desaparece. Puede tardar meses, incluso años, pero poco a poco se va disolviendo y volvemos a aterrizar plenamente en nuestra realidad, aunque ya de otra manera. Nada vuelve a ser ni puede ser igual. Es la vivencia más extraordinaria nos pueda ocurrir. El psicólogo humanista Abraham Maslow lo denomina “experiencia cumbre”.

No llega por desearla, sino cuando tiene que llegar. Hay que sentarse pacientemente y esperar, y trabajar nuestras actitudes. Por eso dije en la entrada anterior que no es cuestión sólo “de codos”. Hay que pulirse. Revisemos las 7 actitudes de la Mindfulness.

He comentado también que lo que nunca desaparece es la profundidad adquirida mediante esa “experiencia cumbre”. Me refiero a la hondura que procede de la consciencia, de descubrir aquello de lo que no nos habíamos dado cuenta hasta entonces. Y consciencia es igual a verdad, mientras que las sensaciones son engañosas. 

Este descubrimiento lo podemos hacer poco a poco en nuestra meditación formal diaria, sin olvidar que todo lo que hacemos a lo largo del día deberíamos convertirlo en meditación.

Al respecto de la reflexión con que comenzaba este texto, quiero traer el famoso pasaje evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4, 1-11). El demonio le ofrece buenas sensaciones a cambio de su sufrimiento. El las rechaza de plano. Si las hubiese aceptado ahí se habría acabado su aventura. Se habría quedado en el camino.

Recordar también que, según el budismo, el origen de la ignorancia, y en última instancia, del sufrimiento, reside en el apego a lo bueno y el rechazo de lo malo. La vida es una mezcla de ambas cosas y hay que convivir con ellas. De todo se aprende.

Finalizo con unos versos del ‘Cántico Espiritual” de San Juan de la Cruz que vienen al caso: “Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores, ni temeré las fieras”. Se podría entender así: “Cuando vaya en busca de la felicidad inagotable alcanzaré cumbres luminosas y descenderé a los valles de las sombras; pero por el camino, ni me agarraré a los gozos ni rechazaré el dolor. 





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