domingo, 31 de mayo de 2015

Lo que metemos en el cerebro es lo que sale






La mindfulness es la mejor herramienta de gestión emocional que conozco. No sé si lo he dicho aquí. No me importa repetirlo. Los programas de 8 semanas de mindfulness que imparto se centran de modo especial en tomar conciencia de la relación existente entre pensamientos, emociones y sensaciones, y en comprobar cómo todos ellos se retroalimentan. La consecuencia es una cadena de malestar creciente que sólo se detiene cuando nos damos cuenta de que este proceso se está produciendo.

Ahora bien, ¿qué tipo de pensamientos son los que producen malestar? La respuesta es que muchos, pero unos (pocos) lo hacen con fundamento y otros (la mayoría) no tienen consistencia lógica. ¿Y de dónde proceden estos pensamientos? De nuestro cerebro, se dirá. Claro. Pero, ¿cómo han llegado allí? Los hemos ‘captado’ del exterior.

Cuando digo ‘captado’ me refiero a que está en nuestra mano seleccionar con qué o de qué alimentamos a nuestro cerebro (y no me refiero al alimento físico, lo que también es muy importante). Y para hacer esa selección hay que estar alertas. Con lo que vuelvo al principio: hay que trabajar la consciencia.

Concretando más: me refiero al tipo de ‘datos’ que ‘metemos’ en nuestro cerebro, que os recuerdo no se limita al consciente, sino que está formado también por el subconsciente y el inconsciente. Y podemos controlar a duras penas lo que selecciona el consciente, pero de ninguna manera lo que sucede en el subconsciente, que lo absorbe TODO. Esto quiere decir que todo aquello que llega a nuestros oídos, a través de la palabra dicha o impresa, nos afecta.

Si permanecemos ante el televisor o en conversaciones formales o informales recibiendo veneno (insisto en que el cerebro lo absorbe TODO) estaremos envenenando la mente y una mente contaminada sólo puede producir sentimientos y sensaciones inquietantes, desasosegantes, desquiciantes.

En el Evangelio leemos estas palabras de Jesús: “De la abundancia del corazón habla la boca”. El corazón es el centro de los sentimientos. Si éstos se alimentan del pensamiento y se manifiesta en lo que decimos, tenemos un buen termómetro para saber qué abunda en nuestro cerebro y en nuestro corazón: démonos cuenta de lo que decimos. Lo que manifestemos será fiel reflejo de la calidad emocional e intelectual con que hayamos nutrido a nuestra mente.
 

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